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Viejas críticas: My Blueberry Nights (2008)

Hay trenes que no llevan a ninguna parte. Sin embargo, a veces mantener un rumbo es lo único que necesitamos para darnos cuenta de que “se está mejor en casa que en ningún sitio”, de que la solución a nuestros problemas estaba desde el principio en nuestras manos, y de que el amor, en ocasiones, puede encontrase en los lugares más inesperados; algo así como lo que le pasa al pobre Charlton Heston en El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), pero a la inversa.

En el caso de My Blueberry Nights (Wong Kar-Wai, 2007), la Ruta 66 desde New York hasta Las Vegas hace las veces de agente catártico para Elizabeth, personaje interpretado por la cantante Norah Jones (Geethali Norah Jones Shankar, la hija del mítico Ravi Shankar), y le hace darse cuenta de que “no hay nada de malo en la tarta de arándanos [‘blueberry pie’]”, y de que ella no tuvo la culpa de la ruptura con su anterior pareja.

En el Festival de Cannes se le achacó a la película el terrible defecto de ser un “remix” de todas las obras anteriores del mismo director. Por supuesto, Won Kar-Wai no lo ha reconocido, pero es innegable que el film destila constantemente elementos calcados de Chungking Express (1994), Happy Together (1997), In the Mood for Love (2000) y 2046 (2004), tan numerosos que no merece la pena citarlos.

Tal vez, con esta cinta, su director está demandando otra clase de público, no necesariamente americano, pero sí uno de mirada más inocente, e incluso algo ignorante, sobre todo en lo que respecta a sus ya mencionadas obras anteriores. No en balde, ésta es su primera película de habla inglesa, y es lógico, por tanto, que esté destinada a un público mayoritario al que se deba acceder de un modo algo más comercial.

No obstante, el verdadero defecto de My Blueberry Nights se deriva de todo lo anterior: la mecanización de esquemas y recursos hace que la película sea menos fresca que las otras, quizá también porque las acciones escritas sobre el guión están más destinadas a la mentalidad oriental que a la occidental, y eso hace que te creas menos a los actores, pese a que sus actuaciones son magníficas. Por otro lado, el director se toma demasiadas licencias audiovisuales, no sólo por versionarse a sí mismo, sino por colocar “pegotes” como el del fragmento de la banda sonora de Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004), en la secuencia de la carretera.

Wong Kar-Wai no utiliza guión para sus películas, va improvisando la historia a medida que avanza el rodaje. Por consiguiente, el problema intrínseco de My Blueberry Nights es la premeditación, la intención de crear un producto para un público. Pero, a pesar de todo, merece la pena probar la tarta de arándanos. Dejará un buen sabor de boca.

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