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Viejas Críticas: El pianista (2002)

          Polanski siempre es Polanski. No se puede describir su cine en unas líneas. Como tampoco se puede decir todo lo que es en sí misma esa obra maestra llamada El pianista, que redime al director polaco del desatino de su anterior trabajo, La novena puerta (mejor lean “El club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte).

Cabe señalar que estamos ante una película atípica dentro del universo fílmico de Roman Polanski. Se trata de una historia muy ajustada a las vivencias del director. Recordemos que de pequeño escapó del gheto de Cracovia (mientras que “El pianista” transcurre en el gheto de Varsovia), y además su madre fue gaseada en Auschwitz y su padre prisionero en Mauthausen. Así que el relato de la película funde dos testimonios: por un lado el de Wladyslaw Szpilman y, en la sombra, el del propio Polanski. De hecho, Gene Gutowski (productor de “Repulsión”, “Cul-de-sac” y “El baile de los vampiros”) hizo ver a Polanski que El pianista del gheto de Varsovia (título original del libro de Szpilman) era la historia perfecta para hablar de su propia vida sin tener que hacerlo en primera persona.

 Por encima de todo debemos concebir esta película (además de como un homenaje a Chopin) como una brillante incorporación a lo que podríamos denominar “films sobre el Holocausto”. Como ya sabemos, existe un elenco demasiado extendido de largometrajes que tratan de sobre esta realidad de nuestra historia, y por lo tanto solemos encontrarnos, la mayoría de las veces, con el mismo perro portando un collar distinto. Pero la película de Polanski logra con elegancia colocarse entre las que podríamos considerar como las mejores de su especie, tales como “La lista de Schindler” de Steven Spielberg, o “Korczak” de Andrej Wajda. Y lo más importante, emplea un lenguaje visual de corte clásico y sin trucos cinematográficos de ninguna clase, que actúa solamente al servicio del relato; amén de un subjetivismo del personaje, propio del lenguaje hitchcockiano, y un realismo brutal en las explosiones, que demuestra que las cosas más auténticas en efectos especiales se hacen sin ordenador.

Un pletórico Adrien Brody (que además sabe tocar el piano) da vida al protagonista, que en la primera parte del film nos conduce por el proceso que supuso imponer una serie de condiciones altamente restrictivas a los judíos polacos, para poco a poco ir despojándolos de todas sus pertenencias y llevarlos, primero al gheto, y más tarde a los campos de exterminio. Pero la segunda parte se despega de este esquema (seguido en películas como “La lista de Schindler”), y narra la dura supervivencia del personaje en el gheto, una vez se han llevado a su familia.

Tan sólo se le pueden imputar dos fallos a esta extraordinaria película: al final del film aparecen unos rótulos que nos indican lo que fue de Szpilman, pero no nos hacen saber qué ocurrió con su familia; es posible que nos esté dando a entender que ninguno de ellos sobrevivió. Por otro lado el personaje del oficial alemán, que tanta importancia tiene, aparece durante un tiempo físico muy inferior al de otros personajes menos relevantes. Quizá esta arruga sin importancia sea fruto de la implicación personal de Roman Polanski, que tal vez le haya conducido a desfavorecer al nazi, y a poner de manifiesto la importancia de la pérdida de la familia.

Sea como fuere, estamos sin duda ante una de las mejores de maestro polaco. El pianista es una obra conmovedora y de gran belleza, que gustará al público, pero que probablemente se vea embotada por los huracanes taquilleros de Harry Potter y Frodo Bolsón.

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