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Redford y DiCaprio. Los dos gatsbys

Varias cosas sucedieron tras aquella era de catástrofes a la que conocemos como  la Primera Guerra Mundial. Algunos historiadores destacarían la eclosión de las artes plásticas y de la música. En el caso de los Estados Unidos, podríamos hablar de una época dorada para el jazz, en parte gracias al brote de frecuentes fiestas donde la clase acomodada bebía ilegalmente alcohol y bailaba una variedad del fox-trot llamada charlestón.
Un joven Francis Scott Fitzgerald ya había retratado la sociedad de los felices años 20 en su libro de relatos breves más significativo: Cuentos de la era del jazz. Sin embargo, un análisis más profundo de dicha sociedad le condujo a escribir la que se convertiría en su primera gran novela: El gran Gatsby (1925).
Robert Redford as GatsbyEs de extrañar que hubiera que esperar hasta 1974 para disfrutar en el cine de este clásico incontestable. La película fue firmada por un director británico especializado en adaptar obras literarias, de nombre Jack Clayton, cuya labor fue más que digna, aunque no le reportó una carrera estable en Hollywood, a pesar de contar con la popularidad de un Robert Redford que venía de hacer El golpe (George Roy Hill, 1973), y que encarnó a Jay Gatsby con gran soltura.
A veces no puedo evitar pensar que, en Una proposición indecente (Adrian Lyne, 1993), el mismo Redford interpretaba una versión taimada y madurita de Gatsby, aunque la principal diferencia entre él y John Cage es que, en palabras  del personaje de Demi Moore, éste representa al sueño americano en “carne y hueso”, mientras que Gatsby trata de alcanzarlo desesperadamente sin posibilidad alguna de lograrlo.
En el libro, Nick Carraway, el narrador de la historia, dice: “Pensé en la fascinación que sentiría Gatsby al ver la luz verde al final del embarcadero de Daisy. Había recorrido un largo camino hasta aquí. Creyó imposible no poder alcanzar su sueño, aparentemente tan cercano. Ignoraba que ese sueño ya había quedado atrás”.
Esa luz verde, ese sueño americano, no es sino otro concepto surgido tras la Primera Guerra Mundial, una gran mentira inventada por los ricos para que los pobres soñaran con dejar de serlo. Y de ahí procede la fuerza de Jay Gatsby, un hombre hecho a sí mismo, salido de la nada, nuevo pero esplendoroso ricachón, y cuyas esperanzas y aspiraciones confluyen en la figura de una mujer, alguien a quien no pudo cortejar como es debido cuando era teniente del ejército porque no había alcanzado la clase social necesaria. Ella es Daisy, la prima de Nick Carraway, que ha contraído matrimonio con Tom Buchanan, un adinerado y racista jugador de polo que no se avergüenza de su condición de adúltero.
Green light from The Great Gatsby
La obra de Fitzgerald está tan cargada de simbolismo y crítica social que parece difícil crear una adaptación que diste mucho del original literario. Francis Ford Coppola, recién consagrado con El padrino (1972), fue el encargado de escribir el guión del film de Clayton, logrando un resultado académico pero no del todo fiel al profundo espíritu de la novela.
Por contra, este año ha llegado a nuestras carteleras una nueva versión mucho más apasionada que la del 74, dirigida por Baz Luhrmann y con Leonardo DiCaprio presentando a un Gatsby inédito, con una mirada más vulnerable y un porte no tan varonil como el de Robert Redford. Esta película ahonda más en el pasado del personaje y es, pese a lo que muchos podrían pensar, todavía más fiel al texto original. Un ejemplo:
“Nuestra hilera de ventanas iluminadas –muy por encima del nivel de la calle- contenía sin duda su parte de misterio humano para el paseante ocasional que las contemplaba desde la calle en penumbra, y también yo me ponía en su lugar, mirando y haciéndome preguntas. Estaba dentro y fuera, simultáneamente atraído y repelido por la inagotable diversidad de la vida”.
En el film Leonardo DiCaprio as Gatsbyde Luhrmann hasta vemos a Carraway (Tobey Maguire) mirando desde la ventana a un yo imaginario que contempla a la gente desde la calle. Es tal la literalidad de esta versión que a veces resulta excesiva. Ahora bien, el director acierta de pleno con la atmósfera, sabiendo hacer hincapié en aspectos visuales desconocidos hasta el momento; porque ahora la luz verde impregna el plano con su presencia como nunca antes lo había hecho, con la mano de DiCaprio en primer término extendiéndose hacia ella, mientras que en la otra película sólo se veía un punto diminuto e insignificante.
Y así con todo. El desenfreno de los años 20 queda mejor plasmado debido al ritmo frenético de las imágenes. Y en la aparición del anfitrión de la fiesta, Jay Gatsby, deslumbra un apoteósico Leonardo DiCaprio sonriendo y elevando su copa al son de Rhapsody in Blue, de George Gershwin. Mucho más emocionante que Manhattan(Woody Allen, 1979).
El problema es que ni Scorsese sería capaz de mantener semejante ritmo durante las dos horas y veinte minutos que dura la cinta. Porque también hay una historia que contar, un conflicto entre Buchanan y Gatsby, un dilema para Daisy, una evaluación de los hechos por parte de Carraway. Y no se puede hacer esto tomando como base el “If you can can can” de Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), más aún cuando esta es un musical y El gran Gatsby no. Innecesario es, por este motivo, el incluir temas de Amy Winehouse y Beyoncé, ya que cuando suena Cole Porter se las lleva a las dos por delante con viento fresco.
Eyes of T.J. Eckleburg from The Great Gatsby
No obstante, las dos adaptaciones siguen teniendo en común la ominosa visión de los ojos del doctor T.J. Eckleburg, testigos divinos de la caída de los valores morales tradicionales en la América moderna. Nick Carraway encarna todos esos valores, y es por eso que no será capaz de consumar su relación con Jordan Baker, la atractiva jugadora de golf de la que está enamorado, así como tampoco tendrá éxito como corredor de bolsa. La fascinación que siente por Gatsby le llevará a perdonar su esnobismo y a despreciar a su amada y a su prima:
(Maguire a DiCaprio) “Son mala gente. Tú vales más que todos ellos juntos”.
Carraway es Fitzgerald y Fitzgerald es Carraway. O al menos eso es lo que Luhrmann quiere dar a entender, puesto que al principio de su película nos encontramos con un Nick alcohólico y deprimido que está desintoxicándose a la vez que escribe el relato que nos ocupa. El paralelismo está bien claro.
¿Quién sabe? Es posible que dentro de unos años volvamos a encontrarnos con una nueva adaptación de la obra de Fitzgerald, aunque parece improbable, ya que tras ver las dos versiones existentes podemos afirmar con rotundidad que Redford + DiCaprio = Gatsby.

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