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Los Oscar, los Goya, Argo-fuck-yourself y otras opiniones fuera de fecha

John Goodman and Ben Affleck in the making of Argo
Cada vez que veo a John Goodman pienso: “Qué bueno es ese tío”, incluso en un papel tan breve como el que interpreta en la película Argo (Ben Affleck, 2012). De hecho, hablamos de uno de esos secundarios imprescindibles del cine americano, al igual que lo han sido, por ejemplo, Agustín González, Manuel Alexandre, José Sazatornil o Luis Ciges para el cine español. Y a veces me viene a la memoria una de las frases de su Walter Sobchak en El gran Lebowski (Joel Coen, 1998):

 

-The Dude: Llevas divorciado cinco putos años (Walter era católico y se convirtió al judaísmo por su mujer).
-Walter: ¿Y qué me estás queriendo decir? ¿Que cuando te divorcias devuelves el carnet de la biblioteca? ¿Te dan un nuevo permiso de conducir? ¿Dejas de ser judío?

 

Que Walter no abandone el judaísmo da buena cuenta de que sigue enamorado de su mujer, a pesar de haberse divorciado de ella. Del mismo modo, el autor que escribe este blog, o sea yo, lleva casi dos meses sin colgar nada, lo cual no quiere decir, en absoluto, que haya dejado de ir al cine. De hecho, se ha chupado casi todas las películas destacadas en la ceremonia de los Oscar 2013, y ha prestado atención a la frivolidad anual, tanto en la alfombra roja del ex teatro Kodak en los Estados Unidos como en la del sitio donde toque en España con los Goya.
Eva Hache presentando los Goya
No voy a comparar una gala con otra porque creo que sería como hablar de las diferencias entre el bocadillo de mortadela y el caviar, como decía Denzel Washington en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), sobre todo teniendo en cuenta que en nuestros Goya siempre hay alguna cagada de la que hablar al día siguiente. Por lo general suele tratarse de fallos de sonido, aunque una alfombra verde patrocinada por una conocida marca de “whiskey” puede producir el mismo efecto. También recuerdo aquel año en el que a algún iluminado se le ocurrió colocar unos micrófonos, similares o idénticos a los del programa 59 segundos, de TVE, que no permitían a los galardonados terminar su discurso, ya que, al cabo de ese tiempo, casi un minuto, los micros se apagaban, estropeando para toda la vida el momento de gloria de todos y cada uno de los ellos. Este año hemos asistido al increíble error de Adriana Ugarte al confundirse de nombres en la entrega del Goya a la mejor canción original. No quiero ni imaginar lo que pueda suceder el año que viene.
Oscar AwardEsto en los Oscar no pasa. Algunos dirán que la razón es el presupuesto, pero en realidad todos sabemos que no es así. El saber hacer de los americanos es único en el  planeta. ¿Acaso no es cierto que toda entrega de premios cinematográficos no hace sino calcar, total o parcialmente, de la famosa gala californiana? En los Goya se hace esto mismo, y luego se añade un tono reivindicativo (porque en España hay mucho por lo que protestar) que en los Oscar ya ni se palpa desde que Marlon Brando rechazara la preciada estatuilla como mejor actor por El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972), en protesta por la situación de los indios de EE.UU.
Puede que el mundo no se haya acabado en 2012, pero ha sido, sin duda, uno de los peores años que se puedan recordar para el cine. La lluvia de películas malas ha sido interminable, aunque debo decir que, de las tres adaptaciones que se han hecho del cuento de Blancanieves, la mejor, con diferencia, ha sido la española.
En esta edición de los Oscar le ha tocado a Argo, que no es ni mucho menos un trabajo sensacional. Ben Affleck ha sabido rodearse de un buen equipo y, eso sí,  todo está bien contado, lo cual es de agradecer. Traslada la historia del libro de Tony Méndez y, con muy buen tino, se fija en la manera de narrar de maestros como Alfred Hitchcock en Cortina rasgada(1966), si recordamos la parte en la que Paul Newman huía de la AlemanIsabelle Allen playing Cosette in Les Misérablesia oriental. Se adjudica además, no con tan buen tino, el papel principal a sí mismo, mostrando al espectador las tres únicas caras de las que dispone: de póker, medio sonriente y sonriente del todo (esta sólo para momentos especiales).
Me parece curioso que Hitchcock nunca recibiera un Oscar y, sin embargo, Affleck ya haya logrado el suyo. Cosas de la vida. No debemos tomar esta fiesta muy en serio, aunque me alegro por Ang Lee, ya que él sí es un gran director, al igual que Steven Spielberg, cuyo Lincoln ha sorprendido tanto por su tremenda sobriedad y madurez como por el gran sopor que produce, aunque no se puede desdeñar la soberbia interpretación de Daniel Day-Lewis, como siempre maravilloso.

Tal vez Los miserables (Tom Hooper, 2012) sea la que más me ha gustado, pese al grave error de casting en la elección de Eddie Redmayne para el papel de Marius. Nos quedaremos con la preciosa música de Claude-Michel Schönberg.

Y Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012) no deja de ser otro refrito de Tarantino, aunque con momentazos. Algunos han considerado que le sobraba la media hora del final, pero lo que pasa en realidad es que a algunas secuencias sobra un poco de metraje, y el final es lo que menos nos ha gustado a todos. No obstante, compone un discurso más coherente que el de Malditos bastardos(Quentin Tarantino, 2009), y es infinitamente mejor que ese bodrio llamado Death Proof (Quentin Tarantino, 2009).
Por lo tanto, no puedo llegar sino a la conclusión de que Amor, de Michael Haneke, ha sido la mejor película del año 2012. Ya puede estar satisfecho el director alemán. Con este trabajo se ha llevado su segunda palma de oro en Cannes tras la de La cinta blanca en 2009. Y ahora también cBen Affleck and George Clooneyuenta en su haber con un Oscar dorado y reluciente. En materia de premios, no se puede llegar más alto. Pero se lo merece. Su cine es tan desagradable como sublime, porque él se atreve a mostrar lo que ningún otro director; en este caso, la historia de un anciano que cuida de su esposa moribunda. Sus imágenes, perfectamente calculadas, se te clavan como cuchillas. No quieres mirar, pero de todas formas sigues haciéndolo.
No obstante, dudo mucho que a Ben Affleck le importe todo esto. Seguramente estará bañándose en su piscina, fumándose un puro y disfrutando del éxito, diciendo al resto del mundo lo mismo que Alan Arkin, otro secundario inolvidable, decía en su película: “Argo-fuck-yourself”.

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