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Lo mejor y lo peor del cine en el verano de 2014 (I)

Cuando comienza el calor vacacional cada cual se lo monta como puede: algunos planean su mes de asueto familiar en Torrevieja, otros buscan trabajo de camarero, o de temporero en Francia,  los más guays recorren Indonesia en moto para acabar quemándola al final del viaje, y una panda de rezagados, a los que sólo les dejan pillarse una semana para ir al pueblo a pescar, matan el hastío de trabajar en verano con frecuentes escapadas al cine, donde van a encontrarse con los pocos a los que se les ha ocurrido la misma idea. Y es en el momento de seleccionar la película cuando hay que ser extremadamente cauteloso, ya que la época estival no es popular por exhibir lo mejor del cine, ni del europeo, ni del americano.

Uno tiene cierta sensación de déjà vu cuando ve en la cartelera títulos como Aviones: equipo de rescate, de Roberts Gannaway, Transformers: la era de la extinción, de Michael Bay o Los mercenarios 3, de Patrick Hughes. Saltarse estas películas puede ser un buen criterio inicial si excluimos también Yo, Frankenstein, de Stuart Beattie, Mil maneras de morder el polvo, de Seth MacFarlane y Vampire Academy, de Mark Waters. Bajo esta premisa, y tras haber visto todo el cine posible en verano, pasamos a tamizar el grueso audiovisual ingerido:

Las malas:

Shirley: Visions of RealityBad news first. Muchos veneramos la obra de Edward Hopper, el pintor de la soledad, como algo irrepetible, inclasificable, y terriblemente fascinante. De ahí que, tras acabar de ver Shirley: visiones de una realidad (Gustav Deutsch, 2013), nuestras ilusiones acaben tiradas por los suelos. El film pretende construir una historia tomando como base 13 famosos cuadros del pintor estadounidense o, al menos, eso es lo que uno espera, pero al final se encuentra con lo peor de este tipo de cine: la “paja mental”. Los planos son calcados a los cuadros de Hopper, lo cual despierta todavía más expectativas, pero ahí se queda la cosa. Rellenan la no-historia con una insulsa voz en off que sólo habla de asuntos incomprensibles e inconexos. Hay alrededor de unos 20 planos a lo largo de la insoportable hora y media de película, eso sí, mal montados, ya que no respetan la regla de los 30 grados, que todo buen realizador debe conocer. Y encima no aparece el cuadro más importante: Nighthawks (1942). Un auténtico desastre.

A Touch of Sin

Un toque de violencia (Jia  Zhangke, 2013) constituye un claro ejemplo de cómo a veces la crítita aclama unánimemente un film sólo por ser asiático, mostrar violencia de la manera más cruda posible y, a la vez, alzarse como claro reflejo de la corruptela política de un país, en este caso de China. Soslayan el hecho de que se trata de una obra irregular y cuyas historias están débilmente o nada vinculadas entre sí, cosa que no importaría si éstas tuvieran interés, como ocurre en Sin City (Robert Rodríguez, 2005), donde los episodios aparecen arropados por la cuidad del pecado y en los que participan protagonistas inolvidables de la obra de Frank Miller, como Hartigan y Marv. El único personaje de Un toque de violencia al que merece la pena conocer es Dahai, un minero gordo y fracasado cuyas quijotadas le costarán muy caras…Johnny Depp in Transcendence

También es tiempo para la ciencia ficción. Cabe destacar dos películas que han tenido este año el dudoso honor de maltratar el género, aunque, como siempre, “desde el cariño y el respeto”. Una es Transcendence (Wally Pfister), en la que un científico, en vista de su propia muerte, decide implementar todos sus recuerdos y conocimientos en una máquina. El resto del argumento es de sobra conocido por todos, puesto que, desde 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), HAL 9000 ya nos venía advirtiendo de los peligros de la inteligencia artificial. La falta de novedad y el escaso aliento emotivo de Johnny Depp, quien, por cierto, debería empezar a replantearse los papeles que escoge, hacen de esta cinta un producto perfectamente olvidable.

El otro batacazo es Lucy, de Luc Besson, que adolece del mayor defecto que se le puede achacar a un relato de esta índole: la absoluta falta de documentación. Se supone que a Scarlett Johansson la utilizan de mula para pasar una nueva droga de diseño alojada en su estómago, y que, tras un forcejeo con unos celadores, la sustancia acaba por liberarse y propagarse, haciendo que gradualmente vaya accediendo a más del 10% de la capacidad de su cerebro, lo cual le confiriere superpoderes. ¡Paparruchas! El mito del 10% es una creencia popular muy extendida, y atribuida en su origen a Albert Einstein, debido a que sólo ese porcentaje de células en nuestra materia gris son neuronas. Scarlett Johansson in LucyEn realidad, utilizamos el 100%, y cada zona tiene su función particular. En la película, sin embargo, Morgan Freeman, con su erudición de perogrullo, afirma que lleva toda su vida investigando este hecho, sin tener ni un solo sujeto con el que experimentar, ni ninguna prueba que respalde sus conclusiones. Luego Lucy, cuya moral no queda clara en ningún momento, lo primero que hace es cargarse a gente inocente y entrar armada en un hospital sin que nadie le llame la atención. Eso sí, como de repente se ha convertido en la persona más inteligente del planeta, ya sabe absolutamente todo sin haber haber abierto un solo libro, por arte de magia. Y así hasta el final.

Las que se dejan ver:

Ha habido también un par de películas que podrían haber sido descartadas por el efecto déjà vu y, sin embargo, ha pesado más sobre ellas el espíritu freak. Me refiero, en primer lugar, a X-Men: días del futuro pasado, en la que Bryan Singer regresa a la saga que le hizo famoso como director, si bien es cierto que ya se había consagrado con Sospechosos habituales (1995) y Verano de corrupción (1998). No obstante, todos albergábamos una sensación de miedo y desconfianza hacia él después de la chapuza que hizo en Superman Returns (2006), aunque, finalmente, parece que los mutantes le transforman. Synger pasa la criba, pero sin holgura, ofreciendo un producto muy similar al de X-Men: primera generación (2011), que reescribe pasajes de la historia norteamericana implicando en ella a Magneto y Charles Xavier, al que, por cierto, a todos nos ha soprendido ver vivo de nuevo en esta entrega, tras contemplar cómo Fénix Oscura pulverizaba su cuerpo en X-Men 3: la decisión final (Brett Ratner, 2006). Quicksilver in X-Men: Days of Future PastSegún los frikis esto sucede porque Xavier, como siempre ocurre en los comics, “no estaba muerto”, igual que en la canción de Peret, sino que, simplemente, había perdido su cuerpo… Para los escpépticos, que comprueben la secuencia post-créditos de X-Men 3. Ah, y lo mejor de la película: la aparición de Mercurio (Quicksilver).

Otra frikada ineludible es la de El amanecer del planeta de los simios, de Matt Reeves, que cuenta lo que sucede después de que el virus de la primera película se extienda por la Tierra, y cuál ha sido la evolución de los simios que se escaparon del laboratorio. ¿Innecesaria? Puede ser. De alguna manera tienen que mantener sus piscinas en Hollywood. Pero se pasa un rato muy entretenido viendo esta película, igual que con El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011). César es un mono muy carismático, y no cabe ya duda de que habrá una tercera parte que complete esta comercial trilogía.Cesar in Dawn of the Planet of the Apes

Hay que hablar también el blockbuster español del año: El niño, de Daniel Monzón. En España, según la famosa Ley del Cine, las televisiones tienen la obligación de invertir el 5% de sus ingresos brutos anuales en producciones cinematográficas. Mediaset optó desde el principio por apostar fuerte y gastar ese dinero en uno o, a lo sumo, dos proyectos al año, dentro de su propia productora: Telecinco Cinema. De ahí han salido superproducciones como Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), El orfanato (J.A. Bayona, 2007), o Ágora (Alejandro Amenábar, 2009). Lo que hace especiales a estas películas es su elevado grado de promoción (asignatura pendiente del cine español). El mejor ejemplo de ello fue Lo imposible (J.A. Bayona, 2012), que cosechó un éxito absolutamente desproporcionado, al igual que Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014) con una inversión mucho menor. El niño. Persecución.Este año tocaba darle continuidad al director de Celda 211 (Daniel Monzon, 2009), que no ha logrado en esta ocasión llamar nuestra atención con su último trabajo. Este contiene una buena dosis de “acción a la americana”, con la salvedad de que, al tener nosotros tan poca práctica rodando persecuciones, el resultado no acaba en pésimo, pero se antoja de todo menos trepidante. Luis Tosar persigue con su helicóptero al Niño, personaje que produce cero empatía en el espectador, en dos ocasiones: una de día y otra de noche. Como decía Leonardo DiCaprio en El aviador (Martin Scorsese, 2004), “We got no sense of relative motion”, es decir, que si tenemos un helicóptero y una lancha en primer término, pero al fondo no hay ningún elemento heterogéneo sino sólo agua de mar, no sabemos exactamente a qué velocidad van, ni por qué es tan excitante el hecho de que se estén jugando la vida. Y de noche ya no digamos. Seguro que Monzón, que trabajó en Días de cine en TVE, ha visto The French Connection. Contra el imperio de la droga (William Friedkin, 1971), y Bullit (Peter Yates, 1968). Debería revisitarlas. Pero el guión de Jorge Guerricaechevarría tiene sus buenos momentos; algunos demasiado “peliculeros”. El final es un homenaje tan claro a En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981) que chirría en nuestros oídos como como una cama vieja.

Continuamos en el siguiente post con lo mejor del verano.

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