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La gran belleza, Her y Enemy. Sobre la crisis masculina

San Pedro fue crucificado boca abajo en la colina del Janículo, en Roma. Muchos dicen que él mismo escogió esta modalidad porque no se consideraba digno de acabar en la misma posición que Jesús, pero no debemos desestimar la posibilidad de que la sobrecogedora belleza de ciudad imperial vista del derecho se le hiciera insoportable, como le pasa al turista japonés del comienzo de La gran belleza, de Paolo Sorrentino, quien, víctima del síndrome de Stendhal, se desmaya delante de la fontana dell’Acqua Paola.

A continuación, como si de la corriente de un río se tratara, nos vemos arrastrados hacia otra atalaya: la de un ático en el centro de Roma, donde un grupo tan heterogéneo como selecto de burgueses, dramaturgos, bellinas, mariachis, strippers y faranduleros festejan Dios sabe qué con tal desenfreno que casi harían sonrojar al mismísimo Jay Gatsby. Y, en medio de toda esta decadencia, aparece la figura bamboleante de un dandi de avanzada edad que sonríe con un cigarro entre los dientes al tiempo que es aclamado, más por propios que por extraños, como si su presencia fuera la bujía sin la cual el motor de la fiesta no puede funcionar, y que enciende la chispa que produce el movimiento de los cilindros.Toni Servillo en La grande bellezza

Él es Jep Gambardella, periodista de renombre, y autor de un libro de juventud bien considerado por la crítica pero sin continuidad ni trascendencia. Vive inmerso en una suerte de existencia proustiana, en la que cualquier detalle evoca un raudal de recuerdos, casi todos atrapados en la mirada de Elisa, su primer y único amor, cuyo torso desnudo es el único que se ve en la película, ya que las mujeres con las que se acuesta el Jep adulto (Toni Servillo), siempre se cubren púdica y llamativamenete con las sábanas.

Si hay algo que caracteriza al género masculino es su incansable búsqueda gambardelliana de la belleza, de una belleza inequívocamente femenina. Jep la pierde cuando pierde a la chica, y se traslada a Roma para recuperarla entre las piernas de un gigante vestido de ciudad que pone a su disposición todo tipo de placeres y tentaciones… pero nunca volverá a encontrarla, y ni todos los gintonics, ni todos los trajes a medida, ni todas las mujeres complacientes que encuentra en su camino son capaces de mermar un dolor que le anestesia y que le impide volver a escribir.Joaquin Phoenix in Her

Pongámonos ahora en la piel de Theodore (Joaquin Phoenix), el personaje protagonista de Her, la última de Spike Jonze. Se dedica a escribir cartas de amor para otros, en un futuro algo kitsch en el que se enfrenta a una crisis semejante a la de Jep. Su esposa le ha abandonado, y las mujeres a las que conoce en sus esporádicas citas no alcanzan el ideal de su belleza perdida. Pero Theodore acabará encontrando consuelo en la voz de Samantha, un nuevo sistema operativo inteligente capaz aprender de sí mismo y experimentar sentimientos parecidos a los de un ser humano. Y surje el amor platónico por antonomasia. No existe ningún tipo de contacto físico entre ellos, y ni falta que hace, porque la belleza que él halla en Samantha reside en las sensaciones que le hace descubrir, en su forma de hablar, en la música que compone para él, y en su optimismo más allá de toda razón.

Si bien es cierto que la vida del hombre gira siempre en torno a la de la mujer (o del hombre, según gustos), no podemos por menos que dar un paso más hacia delante y llegar a la conclusión de que la crisis masculina no siempre tiene su origen en un desencuentro, sino que también puede darse, con igual o mayor intensidad, en el territorio del encuentro con el género amado, como sucede en el caso de la inquietante Enemy, de Denis Villeneuve.

En esta adaptación de El hombre duplicado, de José Saramago, Jake Gyllenhaal encarna a Adam, un profesor de historia que un buen día descubre casualmente que tiene un sosias, físicamente idéntico a él pero con una personalidad radicamente opuesta. No existe la posibilidad de que los dos individuos puedan ser hermanos. Uno de ellos es actor y vive con su rubia y hermosa mujer, embarazada de unos cuantos meses, mientras que el otro tiene una relación poco comprometida con otra dama rubia, con la que tiene sexo ocasional en los ratos en los que no está corrigiendo exámenes.

Jake Gyllenhaal in EnemySe trata del mismo hombre, en realidad. Cada uno de los dos pertenece a una dimensión distinta. Uno ha decidido afrontar el compromiso con el ser querido, ha superado la crisis del encuentro amoroso maduro, mientras que el otro, el profesor, no lo ha hecho. Saramago, o Villeneuve, pone a los dos sobre el mismo escenario, una ciudad fantasmagórica, que teje su tela de araña en torno, de nuevo, a la figura de la mujer, una mujer que mira al hombre hacia abajo, impertérrita, y en cuyo vientre le reserva la mayor belleza de todas: la de una nueva vida.

Porque en realidad todos somos el mismo. Todos somos Jep. Todos somos Theodore. Todos somos Adam. La belleza femenina nos subyuga, la interior y la exterior, la futura y la pasada. Son ángeles y a la vez demonios. Son nuestra madre, nuestra amiga, nuestra amante. Son nuestro objeto de deseo y a la vez nuestra perdición. No podemos estar con ellas, pero sin ellas tampoco, como en aquel chiste que contaba Woody Allen en Annie Hall (1977) sobre un tipo que llevaba a su hermano al psiquiatra porque éste creía que era una gallina; el doctor le dice: “¿Pues por qué no le mete en un manicomio?”, a lo que el tipo responde: “Lo haría, pero necesito los huevos”. Supongo que todos necesitamos los huevos.

Annaluisa Capasa en La grande bellezza

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