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Jobs y las películas del verano

Según los astrónomos, nuestro verano comenzó este año el 21 de junio, el mismo día que se estrenaba en España El hombre de acero (Zack Snyder), y tocó a su fin justo ayer, que fui con mi padre a ver Jobs (Joshua Michael Stern), un biopic basado en la vida del fundador de Apple.

Pero ya llegaremos a eso. Todos sabemos que la época estival no destaca por venir cargada del mejor cine. La gente se va de vacaciones y a penas hay plataformas de promoción cinematográfica, salvo la Biennale di Venezia, que comienza a finales de agosto y exhibe películas que se estrenarán, como muy pronto, en otoño. Además, siempre hay que resignarse ante los estrenos infantiles más comerciales, como el de Los pitufos 2 (Raja Gosnell) o Aviones (Klay Hall), un spin-off de la saga Cars producido por DisneyToon Studios sin Pixar aunque con la colaboración de John Lasseter.Ethan Hawke y Julie Delpy in Before Midnight

No obstante, el verano arrancó con una propuesta interesante: Antes del anochecer, última parte de la trilogía dirigida por Richard Linklater, que narra las desventuras matrimoniales de esa hermosa pareja formada por Ethan Hawke y Julie Delpy, a quienes vimos enamorarse en Viena en Antes del amanecer (1995), y reencontrarse en París en Antes del atardecer (2004). No llega al nivel de sus predecesoras, pero el resultado es más que digno, y evoca con fuerza esa maravillosa película de Stanley Donen llamada Dos en la carretera (1967).

Después, claro está, vienen las de ciencia ficción. Como este año no hubo ninguna de Transformers, nos colaron Pacific Rim (Guillermo del Toro) y, no contentos con el cataclismo, mandaron al pobre Brad Pitt a luchar contra los zombis por todo el planeta en Guerra Mundial Z (Marc Forster), y a Matt Damon, en Elysium (Neill Blomkamp), a reivindicar la sanidad pública en un futuro distópico donde los más acaudalados viven cómodamente en una rueda espacial parecida a la de 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), aunque con aroma a Beverly Hills. Aún así, ninguno de estos tres títulos ha conseguido superar a Star Trek: en la oscuridad, en la que el director J.J. Abrams hace gala de su capacidad para extraer lo mejor de una historia que le debe todo a Star Trek II – La ira de Khan (Nicholas Meyer).Benedict Cumberbatch in Star Trek Into Darkness

No podía faltar tampoco alguna producción de Jerry Bruckheimer, como El llanero solitario (Gore Verbinski), o una de Marvel (que también viene a ser Disney), como Lobezno inmortal (James Mangold). Esta última, aunque mal escrita y mal dirigida, precede a la esperada X-Men: días del futuro y del pasado, de Bryan Singer, que llegará a nuestras salas en 2014. Y, hablando de super-héroes, debo desaconsejar el visionado de Kick Ass 2 (Jeff Wadlow), ya no por su violencia, que es por lo que Jim Carrey ha renegado de ella, sino porque, simplemente, es bastante mala. Por contrapartida,  Ahora me ves… (Louis Leterrier), una de ilusionistas ladrones, puede resultar un divertimento muy recomendable, sobre todo porque cualquier película en la que aparezca la bellísima Mélanie Laurent merece un cierto respeto.

Casi nadie adivinaría la película que más me ha gustado, porque creo que casi nadie la ha visto. Se titula El último concierto; una pequeña joya dirigida por el estadounidense de origen israelí Yaron Zilberman. Es la historia de un cuarteto de cuerda compuesto por Catherine Keener, Christopher Walken, Philip Seymour Hoffman y Mark Ivanir. Un gran reparto, con la presencia a destacar de la joven actriz Imogen Poots, por su interpretación emotiva y sincera. La narración transcurre sin prisa, y describe la fragilidad de la unión entre seres humanos a través del Cuarteto de cuerda número 14 de Ludwig van Beethoven, una pieza de 7 movimientos que debe ser tocada sin pausas entre ellos.

Mark Ivanir, Philip Seymour Hoffman, Christopher Walken and Catherine Keener in A Late Quartet

Por último, debo decir que no lamento que el verano se haya acabado. Ya estaba harto de tanto calor. Lo que sí lamento es que lo haya hecho con una película tan floja como Jobs, de Joshua Michael Stern, que no se merece, ni por asomo, los casi 10 euros de la entrada. En primer lugar (y esto ya lo sabíamos), Ashton Kutcher, que no se parece nada a Steve Jobs, no está tampoco a la altura del papel, aunque doy fe de que lo intenta con todas sus fuerzas. En segundo lugar, se trata de un film aburrido y que carece de elementos de peso. En su discurso nada queda claro, y el espectador no sabe a qué atenerse, no sabe por qué los personajes ríen o lloran, ni es capaz de familiarizarse con los aspectos fundamentales del protagonista.
A todo aquel que quiera conocer la vida y obra de Steve Jobs, lo que le recomiendo es leer la estupenda biografía escrita por Walter Isaacson, que ahonda en todos aquellos detalles que no están recogidos en la película, como la relación con sus padres biológicos, las mujeres de las que estuvo enamorado, el trato con sus empleados, el despido de Apple, la fundación de Next y Pixar y, sobre todo, su antagonismo con Bill Gates, el malo de la película que no aparece en ella, dejando el relato totalmente vacío y sin sentido.

Aunque suene increíble, lo mejor que hay sobre este tema es Piratas de Silicon Valley (Martyn Burke, 1999), un telefilme en el que se recorre la vida de estos dos grandes astros de la informática de manera paralela e igualitaria, y en el que descubrimos que los inventores de la interfaz gráfica y el ratón no fueron los ingenieros de Apple, ni tampoco los de Microsoft, sino los de Xerox, aquellos que también inventaran la máquina fotocopiadora.

Ashton Kutcher as Steve Jobs

La leyenda de la empresa que empezó en un garaje y llegó a ser la mayor del mundo por capitalización bursátil se ve minimizada por un guión inmerecido y deslavazado. No se explica por qué Apple es importante, cuál ha sido la clave de su éxito. El argumento nos lleva sólo hasta el iPod, y deshecha el tan esperado clímax que las presentaciones del iPhone y el iPad hubieran logrado.
O quizá esto último está hecho a propósito. No debemos olvidar la fecha en la que Jobs ha sido estrenada: justo antes de los lanzamientos de otoño de Apple (un par de sistemas operativos, nada menos), la cual ha visto bajar el valor de sus acciones considerablemente desde la muerte de su padre y fundador. Tal vez por eso no se le ve morir en la película. Y no se habla, ni siquiera en los créditos, del cáncer de páncreas que se lo llevó hace justo dos años. Es como si quisieran ignorar el hecho de que ha muerto, así como la existencia del brillante Tim Cook, el actual Consejero Delegado de Apple.

Sin embargo, en esta irregular cinta existe un evidente reconocimiento hacia los que siguen vivos, hacia los técnicos que crearon los lujosos dispositivos de Apple, como Stephen Wozniak, Johnathan Ive o Bill Atkinson, que son, en realidad, los auténticos genios de todo este asunto.

Pero no desesperemos. Todavía queda una última oportunidad de hacer una buena película sobre Steve Jobs. Aaron Sorkin ya está preparando un guión que, según él, se desarrollará en tres bloques de 30 minutos en tiempo real. Confiemos pues en el genio del hombre que escribió la que, hasta ahora, es la mejor película que hay en torno al mundo de la informática: La red social (David Fincher, 2010).

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