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Holy Motors. Holy Shit

Existen infinidad de listas en las que aparecen las mejores películas de la historia del cine. Y estoy convencido de que también hay innumerables documentos dedicados justo al estudio contrario: el de las peores. Pero no estoy tan seguro de que a alguien se le haya ocurrido elaborar una relación de las películas en las que más veces te entran ganas de abandonar la sala, en cuyo caso creo que Holy Motors (Leos Carax, 2012) ocuparía el primer puesto de mi lista, incluso por encima de obras inefables como, por ejemplo, aquella que llevaba por título Las aventuras del pDenis Lavant playing Merde in Holy Motorsríncipe Valiente (Anthony Hickox, 1997), y que nada tenía que ver con la encantadora versión de Henry Hathaway.
Con todo esto no quiero decir que Holy Motors sea mala… ni buena… ni regular. Es que, sencillamente, todavía no se han hallado los calificativos adecuados. Así como me entraban ganas de irme, a los cinco minutos pasaba algo que me hacía permanecer en la sala. La relación amor-odio fue intensa y se prolongó durante todo el metraje.
El propio Leo Carax aparece al principio, en una habitación oscura. Encuentra un pasadizo secreto que da al anfiteatro de un cine en el que los espectadores ven una película de Étienne Jules Marey, quien, durante el período mudo, perfeccionó la escopeta fotográfica de Eadweard Muybridge, y analizó con ella el movimiento del cuerpo humano. De repente, desde lo alto, Carax ve pasar a un niño pequeño semidesnudo y a un gran mastín por el pasillo del patio de butacas. El mismo director reconoce que incluyó este prólogo porque le apeteció, y que no sabe qué quiso decir exactamente con él, así como tampoco puede explicarnos cuál es el significado de todo lo que viene después.
Holy MotorsHay varias historias, y todas giran en torno al personaje de Monsieur Oscar, cuyo oficio parece consistir en interpretar distintos papeles dramáticos en los más variopintos lugares. La limusina que le ofrece transporte proviene de una empresa llamada “Holy Motors”, que, supuestamente, venera la forma de la acción real en contraposición a la plaga digital que hoy en día nos invade. La parte en la que Oscar se convierte en actor de motion capture critica el mundo de la infografía y pone de manifiesto el hecho de que la naturaleza humana es imposible de imitar. Tal vez se pueda entender una relación entre esto mismo y el atleta de la película de Marey.
El resto es confuso. Unas veces roza lo surrealista, otras veces lo ridículo. El tiovivo de sensaciones llega a tal punto que se puede llegar a pensar que el director se está burlando del espectador, ya que ni el mismo entiende lo que pone sobre la pantalla. En medio del delirio más absoluto, tendremos la sensación de haber visto a Eva Mendes y a Kylie Minogue, lo cual resultará ser cierto y, al ir de camino a casa, nos preguntaremos qué demonios ha pasado ahí dentro.

 

LO MEJOR: el señor Merde, que ya aparecía en la película coral Tokio (2008).
LO PEOR: no se entiende. No paguéis por verla.
CALIFICACIÓN: imposible de calificar.

 

Muy mala: Ø / Mala: ♦ / Regular: ♦♦ / Buena: ♦♦♦ / Muy buena: ♦♦♦♦ / Excelente: ♦♦♦♦♦

Obra maestra: O.M.

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